jueves, 1 de febrero de 2018

Claudia

LA PEQUEÑA MASAIKA        
Hola amigos y amigas; me llamo Masaika, soy del Sáhara. Me gustaría viajar a Madrid pero sé que no puedo porque tengo que ayudar a mi madre con los cultivos. En el colegio estamos dando los derechos humanos; ya los dimos cuando era más pequeña aunque   no dimos el derecho de alojamiento y comida para todos. Todo porque no siempre puedo ir al colegio.

Os quiero contar mi historia. Vivía en un pueblo del Sáhara, en una tienda de campaña. Mi padre era campesino y cultivaba trigo, mi madre y yo trabajábamos también todos los días con él.

Un día  llegué un poco tarde a casa porque me castigaron por hablar más de la cuenta. Mi padre siempre me preguntaba que tal la escuela y me preguntaba si ese día también había hablado mucho. Pero ese día, cuando vine a casa no estaban ni mi madre, ni mi padre. Mi madre me puso una nota en la que decía que había ido a casa de mi abuela porque se encontraba mal, pero mi padre no estaba en el campo cultivando y eso me preocupó un poco.

Al rato mi madre apareció llorando y dijo que unos señores se habían llevado a mi padre con todos los sacos de trigo que teníamos.

Desde entonces, me han pasado muchas cosas malas. Como no teníamos para comer, tuve que dejar de ir a la escuela y mi madre tuvo que vender la tienda de campaña.

Ahora no tengo donde vivir. Como  nadie nos ayudaba no sabíamos que hacer.

Me acordaba mucho del colegio y de ese derecho que yo no puedo tener, una casa donde no pasar frío y un plato de comida.

Mamá lloraba todos los días; estábamos durmiendo en la tienda de mis abuelos y éramos diez personas, entre mis abuelos, mis tíos y mis primos. Mamá decidió que iríamos  a buscar una casa y un trabajo a España, porque ella decía que allí los derechos de los niños están cubiertos.

Teníamos que llegar al norte de África para coger una lancha y atravesar el mar hasta llegar a España. Los abuelos dieron todo el dinero que tenían para poder hacer el viaje.

Andamos muchos días por el desierto; de día hacía mucho calor y por la noche nos helábamos de frío. Me daba miedo que por la noche salieran bichos, porque teníamos que dormir en el suelo. Al llegar al norte de África unos señores nos pusieron con otro montón de gente a esperar a que nos tocara el turno de montar en la lancha.

Cuando llegó el día y vi la lancha y todo el agua, me asusté un montón, porque yo nunca había visto tanta agua junta. Mi madre me decía que era igual de grande que el desierto donde nosotros vivíamos solo que con agua.

En la lancha montamos ciento dieciocho personas. Íbamos muy apretados y había más niños a parte de mí. La lancha se movía mucho y a veces me entraba agua y me mojaba la ropa.


Al llegar a España nos pasaron a otro barco y luego ya nos llevaron a una casa muy grande donde nos dieron de comer y nos dieron ropa limpia también.


Esa noche dormí por primera vez bajo un techo duro, no como de tienda de campaña.


Por eso me gustaría recordar que todos los niños y niñas necesitamos un alojamiento y comida para vivir. Tampoco deberíamos de trabajar y tendríamos que ir todos los días al colegio.


Hoy vivo en España, y voy al cole y estoy muy contenta.


FIN
 
Claudia


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