miércoles, 28 de febrero de 2018



 DERECHO A LA VIDA


Sergio tenía que escribir un cuento basado en el Derecho a la Vida de la Declaración de Derechos Humanos.



No sabía por dónde empezar. Ni siquiera tenía claro que hiciera falta un Derecho a la vida. Todos nacemos y todos vivimos y nadie duda que eso es así. “Es lo normal”, pensó Sergio. No conocía a nadie que se preguntara si ese día tenía que vivir o no, solo lo hacían.



Entonces su madre le explicó que eso que para él era tan normal, en otras partes del mundo no estaba tan claro.



Cogió su Tablet y le enseñó unos videos de países en guerra, donde la vida de sus habitantes no valía nada. Sergio no se lo podía creer.





Entre la gente que se veía atrapada en las guerras, había muchos niños como él.



Estuvo un rato pensando y al final tuvo claro que si había un derecho importante que defender, era el Derecho a la vida y no entendía por qué en tantos sitios no se respetaba. Sergio decidió que estudiaría mucho para de mayor poder dedicarse a defender a los que mas sufren y sobre todo defender el Derecho a la vida.
                                                                      


domingo, 25 de febrero de 2018



Jaime Ferrero

LA HISTORIA DE MIKO 

Hola, me llamo Miko, tengo 10 años y soy de Indonesia. Soy una persona normal, pero tengo la mala suerte de vivir en un país donde muy pocas personas pueden ir a la escuela. Yo no puedo ir; mis padres solo tienen dinero para pagar mi casa y para comer, aunque sean pocas veces  al dia, pero no para pagar la escuela.

Yo tengo que trabajar todos los días muy duro desde las mañanas hasta las noches, mientras otros juegan en los recreos y comen bien todos los días.

Una tarde, ocurrió algo muy, muy, muy desagradable. Resulta que mi madre se tenía que ir al lavabo, dejó su bolso a mi lado, que era donde estaban todas nuestras cosas. Mientras, yo estaba trabajando en el campo recogiendo fruta y justo llegaron una pandilla de hombres que tendrían sobre diecisiete o dieciocho años con chaquetas de rayas y pantalones negros y, rápidamente, se llevaron el bolso de mi madre. Ella llevaba una cámara en el bolso para coger la matrícula del coche pero el bolso se lo habían llevado ellos y no podíamos pillarles la matrícula sin una cámara de fotos. Y yo no me resistí y me puse a llorar porque he estado toda mi vida trabajando para esto y en cuanto llegó mi madre tampoco se pudo resistir, y mi padre, lo mismo, así que nos pusimos todos a llorar.

Pero no nos dimos por vencido y empezamos la ruta para encontrar todas nuestras cosas, pero antes que nada cogimos toda la comida que nos quedaba en nuestra casa. Empezamos el viaje por las ciudades de alrededor, porque no creíamos que en tan poco tiempo hubieran viajado tanto.

Llevábamos unos siete, ocho o nueve días fuera; habíamos recorrido ya todas las ciudades menos una, que se llamaba Fuenlabrada. Todos esperábamos que estuviesen allí porque si no tocaba recorrer países. Casi habíamos terminado de recorrerla y nos faltaban tres o cuatro calles; estábamos desesperados y justo en la última nos dimos cuenta de que había un collar de mamá que estaba en el bolso en el suelo y había varias cosas más adelante, como las gafas, unos clínex, un paquete de chicles…

Resulta que cuando llegamos al final de la calle había una puerta sucia y asquerosa. Nos asomamos cuidadosamente y vimos a los hombres que nos quitaron el bolso colocándolo con muchos más. ¡Habían almacenado millones y millones de bolsos y bolsas de familias!

Estuvimos pensando un buen rato en familia y se nos ocurrió una cosa; nos dimos cuenta de que había una puerta al otro lado y conseguimos construir un muñeco que se pareciese a un hombre porque encontramos un lápiz, una goma para dibujar y una cartulina grande y fuerte para hacer el dibujo. La verdad es que nos salió bastante bien. Justo después encontramos una especie de carretilla para llevar los bolsos a la policía, si lo conseguíamos.  Tengo que reconocer que tuvimos mucha suerte. Una vez dibujado, lo pusimos apoyado al lado de la entrada, llamamos a la puerta y salimos corriendo con la carretilla hacia la puerta de atrás. Cuando los ladrones fueron a abrir la puerta, nosotros entramos por la otra. Cogimos todos los bolsos rápidamente, los metimos en la carretilla y nos fuimos pitando.

Un rato después, cuando ellos se dieron, cuenta salieron corriendo porque no tenían tiempo para coger el coche que estaba aparcado dos aceras  más allá. Nos pisaban los talones y nos iban a coger hasta que mi padre, que es el que llevaba la carretilla, dijo:

-En la siguiente calle, a la derecha.

-¿Estás seguro? - dijimos mi madre y yo.

-Sí, segurísimo. Confiad en mí, por favor – respondió mi padre.

Y efectivamente, giramos en la siguiente calle.

Resulta que estaba todo lleno de obstáculos. Conseguimos superarlos, aunque algunos, por poco. Los hombres nos seguían pisando los talones, hasta que yo cogí unos trozos de papel, los tiré y les taparon sus caras, y así se quedaron atascados en el último obstáculo.

Al final conseguimos llevarlo a la policía y darle los bolsos a sus dueños. Y justo a continuación el policía nos dijo esto:

-Por vuestra valentía, ilusión, persistencia y creatividad, aquí tenéis el bolso y de regalo una tarjeta de crédito nueva con dinero acumulado suficiente para vivir mejor.



Cuando nos la dieron estábamos muy ilusionados, pero cuando miramos el dinero estábamos aún más contentos con nosotros mismos.

Una vez terminada la aventura, volvimos a nuestra ciudad, nos compramos una casa, cogimos la comida suficiente que necesitábamos, también compramos ropa e incluso mis padres encontraron trabajo.

Al dia siguiente, me levanté muy pronto porque creía que tenía que ir a trabajar como siempre  al campo, pero no recordaba que teníamos bastante comida porque teníamos dinero. Entonces me llevé una gran sorpresa cuando mis padres me dijeron que me habían apuntado al colegio. Fue la mejor aventura que he podido vivir nunca.



Miko tuvo finalmente el derecho a ir al colegio, que forma parte del derecho a la educación y a la vida que tenemos todos.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
FIN

martes, 13 de febrero de 2018


LA HISTORIA DE RASHIM  

 (Ninguna Esclavitud)

Pablo es un niño de 10 años, que vive con sus padres en un pequeño pueblo de Granada. Llegó el día de su cumpleaños y sus padres y él fueron a una tienda  de deportes. Sus padres le compraron unas botas de fútbol como regalo.
Estaba muy contento  con sus botas nuevas e iba a jugar todas las tardes con sus amigos a un campo de fútbol que había en frente de su casa. 
Llegó el verano, y los padres de Pablo y él se fueron de vacaciones a la India. Le habían contado que era un país muy bonito; visitaron el Taj Mahal y también una esfera dorada que todos los habitantes del país visitaban cada día y se llamaba Matrimandir. 
Un día, cuando volvían de hacer un tour, al llegar a su hotel se encontró con un niño muy simpático. Le dijo que él es el que ponía las toallas a cada habitación y Pablo le preguntó: 
- ¿Quieres ser mi amigo?
Y el niño le dijo:
- ¡Claro. Encantado de conocerte!  
Pablo llevaba puestas las botas de fútbol que le regalaron sus padres y le preguntó a su amigo que se llamaba Rashim:
- ¿Quieres jugar al fútbol conmigo?
 Rashim  le dijo: 
- Me encantaría jugar contigo, pero estoy trabajando. Si quieres, cuando termine esta noche, echamos unos tiros a puerta.

Pablo se quedó extrañado, al saber que un niño tan pequeño  podía trabajar y además hasta tan tarde. 
 Llegaron las 10:00 de la noche y por fin se pudo encontrar con Rashim. Corrieron para jugar con la única luz de la luna. De repente Rashim se quedó fijamente mirando las botas de Pablo y le dijo:

– Yo he fabricado unas botas como las tuyas.

Pablo se quedó alucinado por lo que le acababa de contar Rashim. Se quedaron hablando toda la noche y Rashim le contó cómo era su vida, trabajando desde muy pequeño para poder llevar dinero a su casa para que él y sus hermanos pudieran comer. Pablo se quedó impresionado al escuchar la triste historia de su amigo.  Subió corriendo a su habitación y les contó todo a sus padres.
Pablo decidió que nunca más compraría botas de fútbol hechas en ningún país en donde obliguen a los niños a trabajar. Desde ese día la familia de Pablo envía a Rashim dinero para que él y sus hermanos puedan ir a la escuela y puedan  comprar comida sin tener que trabajar.